Las obras efímeras y la vanguardia del arquitecto Prada Poole

Prada Poole ganó el Premio Nacional de Arquitectura en 1975, con solo 37 años. Desde entonces no ha dejado de mirar hacia delante y de ser incomprendido por ello. A falta de proyectos que sigan en pie, tiene el estudio lleno de fotos y planos de sus ideas. Algunas se construyeron, como el Hielotron de Sevilla (una pista de patinaje hinchable en cuyas cúpulas se proyectaban imágenes); otras no, como La plaza sin rastro, un proyecto para cubrir Colón bajo una carpa tensada y unos jardines. Todo el asunto era desmontable: “Ese ha sido siempre mi leitmotiv,no hay que dejar marcas que condicionen el futuro, hay que dar libertad para el cambio”. A Prada Poole le gusta inventar palabras. Edifusos: dícese de edificios difusos, flexibles, sin límites, que se ajustan a la vida.
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El arquitecto José Miguel Prada Poole, en su estudio madrileño
En la foto de 1969 el joven barbudo que está sentado dentro de la burbuja parece melancólico. “No creo”, dice el protagonista, José Miguel Prada Poole, “estaría pensando”. El arquitecto recibe risueño, verborreico y aún barbudo en su estudio, decorado con un montón de mariposas azules. No hemos podido quedar in situ en una de sus obras. “¡Pero si de lo mío ya no queda nada!”, es su argumento. Lo dice sin pena. Cree que la arquitectura debe tener fecha de caducidad. Defiende lo efímero, lo perecedero, “lo que no deja huella”.
La cúpula plástica desmontable de la foto, o “el chisme de burbujas”, como se refiere a ella el arquitecto, duró siete días inflada en el paseo de la Castellana. Era un experimento para la feria industrial Expoplástica69. “Quería construir una estructura que aprendiese por sí misma a responder”. Por ello le instaló un “ordenador fluido”. Gracias a una serie de válvulas y tubitos, el cacharro debía reaccionar a un estímulo externo (como un pellizco). ¿Aprendió la burbuja? “¡Qué va a aprender! Para una sola cosa tardaba 35 años”, se troncha el arquitecto.
Prada Poole ganó el Premio Nacional de Arquitectura en 1975, con solo 37 años. Desde entonces no ha dejado de mirar hacia delante y de ser incomprendido por ello. A falta de proyectos que sigan en pie, tiene el estudio lleno de fotos y planos de sus ideas. Algunas se construyeron, como el Hielotron de Sevilla (una pista de patinaje hinchable en cuyas cúpulas se proyectaban imágenes); otras no, como La plaza sin rastro, un proyecto para cubrir Colón bajo una carpa tensada y unos jardines. Todo el asunto era desmontable: “Ese ha sido siempre mi leitmotiv, no hay que dejar marcas que condicionen el futuro, hay que dar libertad para el cambio”.
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Prada Poole en 1969, dentro de la estructura inteligente diseñada para la feria Expoplástica 69
A Prada Poole le gusta inventar palabras. Edifusos: dícese de edificios difusos, flexibles, sin límites, que se ajustan a la vida. “Es todo lo contrario del ‘mi casa mi castillo’; un hogar al que puedes ir añadiendo dormitorios, o llevarte un trozo si te quieres mudar, olonchearlo si te divorcias”, dice el arquitecto. Las viviendas tradicionales son para élmuriendas: “Lo que heredas es el ataúd en el que murió tu padre, vivimos en tumbas”, dice. “Se mueren antes los propietarios que las casas, se gasta más en rehabilitar edificios de lo que costaría empezar de cero, conservamos envoltorios inútiles”.
Aunque le gustan las palabras, le fastidian las etiquetas. ¿Hippy? “Yo llevaba barba y hacía autoestop mucho antes de que se inventase el término”. ¿Utópico? “Sí, pero de utopías realizables, todos mis proyectos están calculados para que funcionen”. En su estudio tiene el de un arcoíris. Una estructura de policarbonato especular, un plástico que refleja la luz y pulveriza agua. Mediría 300 metros de diámetro y se podría apagar y encender. Hay hasta presupuesto: 198 millones de pesetas de 1987.
No es verdad que de lo suyo nada quede. Hasta el 29 de mayo se pueden ver algunas de sus leves obras que desaparecen en la exposición Efímeras habitables (Sala Arquería de Nuevos Ministerios). El doctorando Antonio Cobo está escribiendo una tesis sobre él (“tiene más adeptos entre los jóvenes”, dice) y en la web www.pradapoole.com hay una extensa colección de su trabajo. Y luego está lo que todavía no ha inventado: sobre su mesa hay un ejemplar del libro de fotografías The big butt book (El gran libro de los culos), en el que busca inspiración para un nuevo proyecto. “¡Porque los culos son tecnologías hinchables!”, dice el arquitecto de las estructuras neumáticas. “A veces estoy frente al ordenador y me da la risa pensando: hay que ver lo que se me acaba de ocurrir…”.

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